— ¿Qué haces aquí?
— ¿Quieres que me vaya?
— No, pero... ¿Por qué... ¿A qué vienes?
— A caminar. Me gusta pasearme desnuda por tu imaginación.
— Tú no estás desnuda.
— Lo estoy, pero dominas tu mente de una manera tan extraordinaria que has logrado ponerme este vestido color escarlata. Me sorprendes.
— Tú me sorprendes más, te ves tan bella...
— Calla.
— Me encantas...
— ¡No!
— ¿Por qué no?
— Tenías razón, creo que es mejor irme.
— ¡No lo hagas! Ven... Quédate...
— ¿Sabes que si me quedo, apareceré por acá más tiempo del que soportarás?
— Quizá no, quizá adore todo ese tiempo.
— ¿Y por qué estás tan seguro?
— Tú me motivas.
— ¿Y si tú a mí no?
— Alguna vez lo hice.
— ¿Pero ahora?
— Es el precio involuntario que debo pagar. Es como el impuesto.
— Un impuesto que nadie te está obligando a dar, sólo tú.
— ¿Sólo yo? ¿Ya no me acompañarás?
— Entiéndelo, ya no puedo estar aquí.
— ¿Por qué?
— Ni yo lo sé.
— Es curioso, ¿Sabes? Te encontré sin buscarte. Ahora que estoy más completo contigo, te vas sin que te lo pida.
— Ya llegará alguien más...
— ¡Pero yo te quiero a ti!
— Lo dices porque aún no conoces a ese alguien.
— ¿Y tú sí?
— No, pero...
— Shh, hagamos de este silencio algo que se pueda escuchar.
— Será otro día.
— ¿No puedes siquiera revivir por una sola vez todos esos momentos tan bonitos que nos pasaron juntos?
— Lo hago, pero de una manera distinta a la tuya.
— Te extraño...
— Solamente soy la chica de tus sueños.
— Eres idéntica a la real.
— ¿Y por qué no peleas por mí en vez de estar discutiendo?
— Trato... Pero es difícil...
— Inténtalo una vez más.
— ¿Crees que lo logre?
— Eso lo sabré después.
— ¿Qué pasa si fracaso?
— Estaré aquí, invadiéndote sin que lo pidas. Como el impuesto.
— Chistosa.
— Así me quieres.
— Así me encantas.
— Debo irme.
— Espera... ¿Te podrías quedar junto a mí hasta que despierte?
— Está bien. No falta mucho para que eso suceda.
...
...
...
— Chispas.
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