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12 ago 2013

Lada: Parte II.

Continuación de LADA.
...

Todo está completamente oscuro, no puedo notar nada a mi alrededor. Empiezo a caminar. Espantosos crujidos se escuchan del suelo, nunca sabré qué es lo que estoy pisando ni pretendo saberlo, lo único que quiero en este momento es huir, pero el terror con el que llamó Sofía me impulsa a seguir adelante. Pienso, vagamente, en la esperanza de volver a ver a mi hija, aunque esto no sea posible, es esa la pequeña luz de fe que me ha mantenido vivo todo este tiempo. La oscuridad me traga, no puedo resistir más, tomo mi teléfono y enciendo la pantalla. Contemplo un pasadizo enorme frente a mí, lleno de obstáculos y olor a mierda. El drenaje es inmenso y tengo que encontrar a Sofía inmediatamente si aún la quiero ver con vida. Corro, buscando el punto azul de nuevo, sólo puedo fijarme en la ubicación de su celular y al no observar algo más, caigo. Y con la caída, mi teléfono muere. Estoy perdido.

–¿¡Sofía!? ¿¡Sofía!? –grito, con temor a que la descubran. Ya no me importa estar en el suelo, envuelto en desecho fecal y oscuridad, sigo arrastrándome, buscándola entre el negro.

Algo me ilumina, e inmediatamente siento una patada en las costillas. El sujeto me toma del cabello y seguido me levanta, escucho el sonido de una pistola al cargar y comienzo a sentir frío en la garganta. Me está apuntando.

–¿Quién eres?–la voz del extraño es gruesa y desesperada–. ¿¡Que quién eres, cabrón!?
–Nicholas–respondo, aún con el dolor de su golpe enfurecido–. Soy Nicholas.
–¿Qué quieres? ¿Por qué gritaste su nombre?
–La estoy buscando, ¡agh!–el tipo clava el arma en mi cuello–. ¡Es verdad! ¡Busco su teléfono!

El hombre grita de rabia y vuelve a golpearme, siento la pistola más cerca de mi cara, más profunda. Se acerca a mí, lentamente y susurra, con un enojo inmenso: “¿Por qué?”.

–¡¡¡NO!!!–grita alguien a lo lejos, seguido de un disparo. Sofía.

El sujeto recibe el balazo y cae. Volteo desorientado, otro hombre está frente a mí, a no más de dos metros de distancia. Tiene a Sofia como señuelo, la está abrazando por detrás. En una mano sostiene su cuello, con el arma, en la otra tiene un teléfono, el de mi hija.

–¿Buscas esto?–pregunta amenazante, moviendo el celular.
–Déjala ir.

El hombre dispara al techo, seguido me apunta. Sofía llora inconsoladamente.

–¡Responde!
–¡Sí! ¡Y también a ella!
–No, esta princesa viene conmigo.
–Oye, ya obtuviste lo que querías, déjala.

El secuestrador suelta una carcajada enorme, repleta de cinismo.

–¿Por qué? Si todavía puedo conseguir más.
–¡Maldito enfermo!

Corro hacia él, lleno de ira, pero responde más rápido que yo, retrocede y vuelve a fijar el arma en Sofia, quien grita de miedo. No tengo nada que hacer, debo detenerme y lo hago.

–¡Wow, wow! Para, amigo. ¿No querrás perderla, o sí?
–Por favor, ya suéltala. ¿Qué es lo que quieres?
–Jum, ¿te conozco de algún lado? Tu voz me resulta familiar, esa plegaria la he escuchado tantas veces… pero ninguna como la manera en la que tú la dices, gringo estúpido. ¿Por qué estás aquí? Ella no es tu hija. ¿Nicholas? ¡Ah sí! Nicholas… ¿Qué no la reconoces? Alejandra ya no está con nosotros.
–¡¡¡Hijo de perra!!!

Vuelvo a abalanzarme hacia él, quiero golpearlo, quiero torturarlo, hacerlo sufrir hasta morir. Y es ahí cuando veo todo en cámara lenta, ¿esto es lo que se siente antes de perder la vida? Sofía extiende la mano hacia mí, agitada, llorando, grita mi nombre mientras el secuestrador corta cartucho para dispararme y lo hace. Siento un dolor terrible, muy caliente en el hombro derecho. Caigo al suelo automáticamente, no puedo ver nada, mi cabeza arde. Escucho cómo ese desgraciado vuelve a cargar el arma. “Por favor, no”. Y un disparo más es descargado, pero no contra mí. Sofía grita. ¿Sofía? Alguien cae. Abro los ojos, impactado. No la veo donde debería estar, tampoco a él. Recupero la razón, mi mente ha dejado de silbar y puedo percibir un lloriqueo. Volteo de inmediato, es ella, sigue aquí. Está abrazando al primer hombre que me amenazó, el que me golpeó en las costillas. Es su padre.

–¿Sofía?–murmuro, con dificultad–. Gracias al cielo estás bien.

Ella, junto a su padre se acercan a mí y ayudan a levantarme, el señor está herido también, o eso parece. Al estar firme, observo, en el suelo, el cadaver del secuestrador. Sofía me abraza, aún sollozando y con mucho cariño, a pesar de que esté lleno de olor y materia desagradable en toda su totalidad.

–Gracias por salvarme, Nicholas–pronuncia. Su voz es más dulce que por teléfono.
–No te preocupes, Sofía.
–No, en verdad–su padre me mira, con los ojos rojos también–. Muchas gracias por ayudar a mi niña y perdone por haberle golpeado con tanta brusquedad, no sabía que usted…
–Descuide, señor–sonrío, aún con el dolor de su patada y la bala en el hombro–. Pero, ¿cómo llegó hasta aquí?
–Soy policía, agente, por así decirlo. Supe de su caso, de su hija, el secuestrador era el mismo. Usted reportó su teléfono hace tiempo, y lo guardé en la cámara de seguimiento por si algún día, aquél desgraciado llamaba con él. Cuando vi que estaba activo de nuevo, no dudé en localizarlo, porque sabía que ese infeliz estaba ahí, detrás de todo esto. Y tuve la esperanza, señor, sentí en mí la oportunidad de volver a ver mi hija–comenzó a romper en un llanto silencioso, estaba feliz y a la vez consternado.
–¿Te volviste oficial, papá? ¿Por mí?–preguntó Sofia, ya con menos lágrimas.
–Sí, mi niña, por ti.

La imagen de lo que veo ahora está llena de mucha esperanza, de sueños que parecían rotos pero, al final de todo, son alcanzados. Sofía y su papá se abrazan por tanto tiempo y sólo estoy ahí, observando, con un sentimiento tan extraño en mi interior. ¿Dónde estás, Alejandra? ¿En un lugar mejor, acaso?

–Sofía–menciono–. Disculpa el atrevimiento, sé que no es correcto preguntar en este momento lo siguiente, ya que apenas salimos de esto pero… ¿había más gente secuestrada en donde estabas?

Me mira por unos instantes y después hace lo mismo con su padre.

–S… Sí… Hay más gente dentro…

Su padre voltea hacia mí. Inmediatamente, toma de su chaleco un walkie talkie.

–Será mejor llamar refuerzos.


Horas después llegó la policia. Rescataron a cinco víctimas más, Alejandra no era ninguna de ellas. También capturaron a otros dos secuestradores, ambos hablaron para tener una sentencia menos estricta.

–Secuestraban a niñas de entre 15 y 18 años de edad para explotarlas en la frontera. Las mantenían encerradas durante meses para que ellas solas accedieran a realizar lo que les pedían, esos infelices les mentían diciendo que las dejarían libres, Nicholas, pero nunca era así.
–Eso quiere decir que… Alejandra…
–Aún hay esperanzas, amigo.

Otro oficial se acerca hacia nosotros.

–Señor Raúl, el jefe quiere hablar con usted.
–De acuerdo–responde–. Perdona, Nicholas.
–Descuida.

Mientras ellos se marchan, puedo ver a Sofía acercándose a mí.

–Hola Nico, ¿cómo está tu hombro?
–Ya mejor, Sofía, gracias.
–Me alegro mucho.

Ambos miramos a la nada, esperando.

–Y… ¿ahora qué harás?–me pregunta.
–Buscarla, debo encontrarla.
–Te ayudaremos en lo que se pueda, ya lo hablé con mi pa´.
–Muchas gracias, Sofía, en verdad no sé cómo…
–No hay nada que agradecer, Nick–sonríe–. Toma. Fue difícil quitárselo a los oficiales pero, aquí está. 

Sofía me entrega el teléfono de Alejandra. Sigue casi igual, con algunos raspones de más. Oprimo el botón de inicio y al desbloquear el celular, éste está abierto en la aplicación de mensajes. Hay uno que no se envió, es para mí. “Hola pa, estoy saliendo de la plaza, en el centro, ya voy para la casa. ¿Quieres que te lleve algo? Te quiero muchísimo”. Tiemblo. Presiono el botón de inicio otra vez y como fondo de pantalla tiene una foto de nosotros, sonriendo enormemente y con un lema encima de mí, no puedo evitar llorar. “El mejor papá del mundo”.

4 ago 2013

Lada.

Espero treinta segundos, tomo mi teléfono y busco la localización del suyo. Aún no está activado. Temo porque Sofía no pueda llegar a encontrar la función y caiga en manos de esos asquerosos hombres. Cierro los ojos, impaciente. Trato de no imaginarme lo peor. Miro de reojo otra vez el celular y nada. Sólo queda esperar. Son otros veinte eternos segundos los que pasan para que, por fin, pueda conocer su ubicación. Es en el centro de la ciudad, justo donde Alejandra se perdió. Tomo las llaves del auto y un poco de dinero, salgo de inmediato de mi departamento y empiezo a correr como nunca, enciendo el Attitude que hace tanto no usaba y emprendo camino hacia el apoyo que esa chica necesita de mí. Piso a fondo, sin importarme las normas de seguridad, sin importar si algún oficial intenta detenerme y sacarme algo de efectivo. En mi vida había visto tan poco tráfico y entonces aprovecho para tomar atajos que me harán llegar más rápido al lugar. El punto azul que marca la localización de Sofía está cada vez más cerca, hasta que por fin llego a él.

Cuando me doy cuenta de ello, freno de una manera exageradamente agresiva y al pararse el coche, salgo de ahí. La avenida está vacía, oscura, no hay ninguna señal de vida en ese lugar. Empiezo a caminar, tratando de buscar algo o alguien, pero el resultado siempre es el mismo, nada. Vuelvo a mirar su ubicación en mi teléfono, creyendo que quizá he visto mal, pero no es así, aquél pequeño círculo azul marca con exactitud esta zona, justo en donde yo estoy parado. Comienzo a desesperarme, trato de buscar en lo poco que hay de la calle una señal, pero nada da con una respuesta. Sigo caminando, impaciente, casi corriendo, entonces, tropiezo con lo que parece ser una alcantarilla. “¿Será posible?” pienso, “ya no hay tiempo”. Jalo de inmediato las pequeñas rejas que ésta tiene con toda mi fuerza, para poder abrirla y entrar. El olor es asqueroso, pero sin dudarlo, salto a sus adentros.


Hoy llamó. Hoy volvió a llamar. Creí que era una broma, que alguien había tomado su teléfono y seleccionado el número al azar. No fue así. ¿Era ella? ¿En verdad era ella? No reaccioné al momento. No pude evitar paralizarme al ver su nombre en mi celular. Y el aparato vibraba, y yo me quedaba ahí, leyendo una y otra vez para comprobar que no estaba equivocado. El timbre de llamada dejó de sonar. ¿Colgó? ¿Terminó el tiempo de espera? “¡Idiota!”, repetí mientras golpeaba mi cabeza contra la pared. “Esto no puede quedar así”. Desbloqueé el celular y le marqué de inmediato. Sabiendo que por mucho tiempo lo intenté sin resultado alguno, temiendo que esto volviera a suceder, comenzar de nuevo con mi sufrimiento, uno más profundo. Alguien contesta, soy el primero en hablar.

–¿Hola?
–¿Papá?
–¿Alejandra?
–No… ¡No! ¡No!

Patadas y llantos ensordecidos comenzaron a escucharse del otro lado de la línea. ¿Qué ser tan despiadado y cruel podría hacer este tipo de broma a un hombre que perdió su todo, que perdió a su hija? La sombra de aquel dolor escondido volvía a asomarse por mi mente, mis ideas aún no estaban claras, tenía que conseguir más información, saber quién era la susodicha que se encontraba en el teléfono interlocutor.

–¿Quién eres?
–¡No!
–Por favor, dime tu nombre.
–¡Ellos me mintieron! ¡Dijeron que me darían el número de papá!
–¿Quién es tu padre? ¿Quién eres tú?
–No… No…

Los lloriqueos crecían cada vez más. No era Alejandra, mi hija, eso estaba claro. Pero era alguien engañado quien llamaba con su teléfono. Un número que, seguramente ellos, los que atraparon a mi niña, los que la llevaron a un lugar que nunca conoceré, le habían entregado.

–Por la manera en la que te escucho, sé que tu situación es muy difícil, pero ambos tenemos que relajarnos.
–¿Cómo quieres que me relaje si he llevado secuestrada más de seis meses?
–Dios santo.
–Yo sólo quiero regresar a casa, volver a tener cerca los brazos de mis padres…

Su voz no era muy madura, los gritos que soltaba parecían de una adolescente, de quizá 15 o 16 años. Estaba en peligro, tenía que ayudarla, no podía permitir que le pasara lo que le pasó a mi hija, a mi Alejandra que no lo merecía, a mi mujercita, que se encontró en el lugar y la fecha menos indicados.

–¿Cómo te llamas?
–…
–¿Hola?
–¿Por…? ¿Por qué tendría que decirte mi nombre?
–Estás llamando con el número de mi hija, ella también fue secuestrada, desde ese día nunca volví a verla. Creí que eras ella. Tú sabes, la esperanza es lo último que muere…
–Ellos me dieron este teléfono.
–¿Quiénes son ellos?
–Ellos, los que me secuestraron. Dijeron que me dejarían libre, que me darían un celular para que llamara a mi papá y pidiera mi rescate. Sólo tenía que… Yo sólo...
–Ya no llores, por favor, sé que esto es muy complicado pero…
–Tenía que dejarme tocar.

Mi corazón se detuvo por un instante. Todo mi cuerpo se congeló. Esos infelices la violaron, esos desgraciados sin vergüenza hicieron con su cuerpo lo que les pegó la gana, la ultrajaron.

–Sólo… sólo eso. Tener sexo, hacer cosas horribles, asquerosas con ellos… Di… Dijeron que si lo hacía me darían el teléfono con el número de mi padre, solamente tenía que seleccionar al único contacto que apareciera en la agenda y llamar. E… Ellos… Ellos me mintieron… No… ¡No!

Tardé en responder. No sabía qué hacer, cómo reaccionar, cómo…

–¿Cómo puedo ayudarte?
–Sa… Sácame de aquí, llama a mi papá.
–No sé quién es, ni siquiera sé quién eres tú.
–Mi nombre… mi nombre es Sofía.
–Hola, Sofía. Sé que no es momento para presentarnos pero, tal vez nos pueda tranquilizar. Yo soy Nicholas.
–¿Nicholas? Qué bonito nombre.
–No es de aquí, mis padres son americanos. Nací en Estados Unidos, por eso el nombre. Pero años después, conocí a una mujer extraordinaria, ella era mexicana. Entonces decidí venirme para acá.
–¿Quién es ella? ¿Cómo se llama?
–Se llamaba Alejandra, como nuestra hija. Falleció cuando la dio a luz.
–Yo ten… tengo el teléfono de tu hija.
–Lo sé, Sofía. Por eso no contesté cuando llamaste, por eso quise marcar y saber quién estaba detrás de la otra línea. Y eres tú, que estás pasando por algo muy duro y quiero que dejes de estarlo. Dime, ¿recuerdas el número de tu padre?
–No… He estado tanto tiempo encerrada que me cuesta recordar cómo pasó todo. Al salir e…

Un golpe espantoso se escuchó desde el otro lado del teléfono. Parecía el sonido de un portazo, Sofía gritó. Por la inestabilidad que oía desde mi celular, deduje que había comenzado a correr.

–¡Nicholas! ¡Vienen por mí!

No. Ya no le podía pasar nada mucho peor a esa niña. Era tiempo de reaccionar y detener esta mierda de juego. ¿Cómo lo haría? Entre uno de los tantos recuerdos que tuve con mi hija Alejandra, recordé una de las funciones que siempre me restregaba y que siempre creía inútil de su teléfono inteligente.

–¡Sofía! ¡Escucha!
–¡Rápido! ¡Me atraparán!
–Tienes que colgarme, Sofía.
–¿Qué? ¡No! ¡Por favor ayúdame!
–Lo haré, por supuesto que lo haré, pero debes seguir mis indicaciones.

Un ruido que jamás pensaba escuchar sonó en el fondo de esa llamada. Disparos. Sofía gritaba.

–¡Cuelga! Y al hacerlo, busca en las opciones del teléfono la función “localización”. ¡Actívala y escóndete!
–¿Prometes venir por mí?
–Te lo prometo, Sofía.

Más disparos comenzaban a sonar, recé porque ninguno de ellos le diera.

–¡Cuelga! ¡Busca un escondite y quédate en él!

Y la llamada terminó.