–¿¡Sofía!? ¿¡Sofía!? –grito, con temor a que la descubran. Ya no me importa estar en el suelo, envuelto en desecho fecal y oscuridad, sigo arrastrándome, buscándola entre el negro.
Algo me ilumina, e inmediatamente siento una patada en las costillas. El sujeto me toma del cabello y seguido me levanta, escucho el sonido de una pistola al cargar y comienzo a sentir frío en la garganta. Me está apuntando.
–¿Quién eres?–la voz del extraño es gruesa y desesperada–. ¿¡Que quién eres, cabrón!?
–Nicholas–respondo, aún con el dolor de su golpe enfurecido–. Soy Nicholas.
–¿Qué quieres? ¿Por qué gritaste su nombre?
–La estoy buscando, ¡agh!–el tipo clava el arma en mi cuello–. ¡Es verdad! ¡Busco su teléfono!
El hombre grita de rabia y vuelve a golpearme, siento la pistola más cerca de mi cara, más profunda. Se acerca a mí, lentamente y susurra, con un enojo inmenso: “¿Por qué?”.
–¡¡¡NO!!!–grita alguien a lo lejos, seguido de un disparo. Sofía.
El sujeto recibe el balazo y cae. Volteo desorientado, otro hombre está frente a mí, a no más de dos metros de distancia. Tiene a Sofia como señuelo, la está abrazando por detrás. En una mano sostiene su cuello, con el arma, en la otra tiene un teléfono, el de mi hija.
–¿Buscas esto?–pregunta amenazante, moviendo el celular.
–Déjala ir.
El hombre dispara al techo, seguido me apunta. Sofía llora inconsoladamente.
–¡Responde!
–¡Sí! ¡Y también a ella!
–No, esta princesa viene conmigo.
–Oye, ya obtuviste lo que querías, déjala.
El secuestrador suelta una carcajada enorme, repleta de cinismo.
–¿Por qué? Si todavía puedo conseguir más.
–¡Maldito enfermo!
Corro hacia él, lleno de ira, pero responde más rápido que yo, retrocede y vuelve a fijar el arma en Sofia, quien grita de miedo. No tengo nada que hacer, debo detenerme y lo hago.
–¡Wow, wow! Para, amigo. ¿No querrás perderla, o sí?
–Por favor, ya suéltala. ¿Qué es lo que quieres?
–Jum, ¿te conozco de algún lado? Tu voz me resulta familiar, esa plegaria la he escuchado tantas veces… pero ninguna como la manera en la que tú la dices, gringo estúpido. ¿Por qué estás aquí? Ella no es tu hija. ¿Nicholas? ¡Ah sí! Nicholas… ¿Qué no la reconoces? Alejandra ya no está con nosotros.
–¡¡¡Hijo de perra!!!
Vuelvo a abalanzarme hacia él, quiero golpearlo, quiero torturarlo, hacerlo sufrir hasta morir. Y es ahí cuando veo todo en cámara lenta, ¿esto es lo que se siente antes de perder la vida? Sofía extiende la mano hacia mí, agitada, llorando, grita mi nombre mientras el secuestrador corta cartucho para dispararme y lo hace. Siento un dolor terrible, muy caliente en el hombro derecho. Caigo al suelo automáticamente, no puedo ver nada, mi cabeza arde. Escucho cómo ese desgraciado vuelve a cargar el arma. “Por favor, no”. Y un disparo más es descargado, pero no contra mí. Sofía grita. ¿Sofía? Alguien cae. Abro los ojos, impactado. No la veo donde debería estar, tampoco a él. Recupero la razón, mi mente ha dejado de silbar y puedo percibir un lloriqueo. Volteo de inmediato, es ella, sigue aquí. Está abrazando al primer hombre que me amenazó, el que me golpeó en las costillas. Es su padre.
–¿Sofía?–murmuro, con dificultad–. Gracias al cielo estás bien.
Ella, junto a su padre se acercan a mí y ayudan a levantarme, el señor está herido también, o eso parece. Al estar firme, observo, en el suelo, el cadaver del secuestrador. Sofía me abraza, aún sollozando y con mucho cariño, a pesar de que esté lleno de olor y materia desagradable en toda su totalidad.
–Gracias por salvarme, Nicholas–pronuncia. Su voz es más dulce que por teléfono.
–No te preocupes, Sofía.
–No, en verdad–su padre me mira, con los ojos rojos también–. Muchas gracias por ayudar a mi niña y perdone por haberle golpeado con tanta brusquedad, no sabía que usted…
–Descuide, señor–sonrío, aún con el dolor de su patada y la bala en el hombro–. Pero, ¿cómo llegó hasta aquí?
–Soy policía, agente, por así decirlo. Supe de su caso, de su hija, el secuestrador era el mismo. Usted reportó su teléfono hace tiempo, y lo guardé en la cámara de seguimiento por si algún día, aquél desgraciado llamaba con él. Cuando vi que estaba activo de nuevo, no dudé en localizarlo, porque sabía que ese infeliz estaba ahí, detrás de todo esto. Y tuve la esperanza, señor, sentí en mí la oportunidad de volver a ver mi hija–comenzó a romper en un llanto silencioso, estaba feliz y a la vez consternado.
–¿Te volviste oficial, papá? ¿Por mí?–preguntó Sofia, ya con menos lágrimas.
–Sí, mi niña, por ti.
La imagen de lo que veo ahora está llena de mucha esperanza, de sueños que parecían rotos pero, al final de todo, son alcanzados. Sofía y su papá se abrazan por tanto tiempo y sólo estoy ahí, observando, con un sentimiento tan extraño en mi interior. ¿Dónde estás, Alejandra? ¿En un lugar mejor, acaso?
–Sofía–menciono–. Disculpa el atrevimiento, sé que no es correcto preguntar en este momento lo siguiente, ya que apenas salimos de esto pero… ¿había más gente secuestrada en donde estabas?
Me mira por unos instantes y después hace lo mismo con su padre.
–S… Sí… Hay más gente dentro…
Su padre voltea hacia mí. Inmediatamente, toma de su chaleco un walkie talkie.
–Será mejor llamar refuerzos.
…
Horas después llegó la policia. Rescataron a cinco víctimas más, Alejandra no era ninguna de ellas. También capturaron a otros dos secuestradores, ambos hablaron para tener una sentencia menos estricta.
–Secuestraban a niñas de entre 15 y 18 años de edad para explotarlas en la frontera. Las mantenían encerradas durante meses para que ellas solas accedieran a realizar lo que les pedían, esos infelices les mentían diciendo que las dejarían libres, Nicholas, pero nunca era así.
–Eso quiere decir que… Alejandra…
–Aún hay esperanzas, amigo.
Otro oficial se acerca hacia nosotros.
–Señor Raúl, el jefe quiere hablar con usted.
–De acuerdo–responde–. Perdona, Nicholas.
–Descuida.
Mientras ellos se marchan, puedo ver a Sofía acercándose a mí.
–Hola Nico, ¿cómo está tu hombro?
–Ya mejor, Sofía, gracias.
–Me alegro mucho.
Ambos miramos a la nada, esperando.
–Y… ¿ahora qué harás?–me pregunta.
–Buscarla, debo encontrarla.
–Te ayudaremos en lo que se pueda, ya lo hablé con mi pa´.
–Muchas gracias, Sofía, en verdad no sé cómo…
–No hay nada que agradecer, Nick–sonríe–. Toma. Fue difícil quitárselo a los oficiales pero, aquí está.
Sofía me entrega el teléfono de Alejandra. Sigue casi igual, con algunos raspones de más. Oprimo el botón de inicio y al desbloquear el celular, éste está abierto en la aplicación de mensajes. Hay uno que no se envió, es para mí. “Hola pa, estoy saliendo de la plaza, en el centro, ya voy para la casa. ¿Quieres que te lleve algo? Te quiero muchísimo”. Tiemblo. Presiono el botón de inicio otra vez y como fondo de pantalla tiene una foto de nosotros, sonriendo enormemente y con un lema encima de mí, no puedo evitar llorar. “El mejor papá del mundo”.