— ¿Por qué me miras así?
— No funcionó
— ¿A qué te refieres?
— Fracasé. Por eso estás aquí. Por eso sigues molestándome.
— ¿Como el impuesto?
— Sí, como el impuesto.
— ¿Qué no peleaste por mí?
— Lo hice, pero tú fuiste más rápida, tú lograste deshacerme.
— ¿Qué pasó?
— Estás con otro.
— Oh... ¿Y es lindo?
— Yo qué sé, eres tú la que debería de saberlo. Ah no, lo olvidaba, sólo eres la chica de mis sueños.
— Soy idéntica a la real.
— Eso no es verdad. Te mentí. Me mentí.
— Qué dices...
— No me había dado cuenta de que eras tan imprecisa, lo eres más que yo.
— ¡Hey! Me destruyes...
— Tú lo hiciste primero. Perdóname, sabes que mi intención no es lastimarte, pero es que simplemente ya no puedo seguir.
— ¿Te estás rindiendo?
— Sí, lo estoy haciendo.
— Si de verdad me quisieras lucharías por mí hasta el final.
— ¿Cómo sabes que no llegué al final? ¿Por qué estás tan segura al decirlo? Te quiero como no tienes idea pero entiende, a veces es mejor cerrarse las puertas...
— ¡Ay por favor! No seas orgulloso.
— No es por orgullo, ni mucho menos por soberbia, es sólo que... esas puertas ya no llevan a ninguna parte.
— ¿Me estás comparando con una puerta?
— Es únicamente un ejemplo, pero es la verdad.
— Entonces... ¿Te vas?
— Es difícil decirlo, tú sabes que nunca fui bueno con las despedidas.
— Quédate conmigo.
— ¿Aquí? ¿En este sueño? ¿En este pensamiento que nunca llegará a la realidad?
— Me sigues impresionando, no todos aceptan con tal fortaleza su cruda verdad.
— Y tú me impresionas aún más, eres como mirar al cielo sin tener que levantar la vista... ¿Ya te dije que te ves hermosa con ese vestido escarlata?
— ¡No trates de cambiarme el tema!
— ¡No lo hago! Sólo quiero que mi despedida sea lo menos dolorosa posible...
— ¿Por qué empleas tanto esfuerzo en irte? Puedes arrepentirte, puedes salir muy lastimado.
— Mi niña, no lo entiendes... Quedarse es igual de triste que irse. Si me voy ahora, aún podré levantarme, curar las heridas de esta caída. Si me quedo, quizá ya no logre escapar nunca de esta ilusión.
— ¿Y volverás?
— Eso sólo tú lo sabes.
— ¿Qué pasará si no regresas?
— Siempre estaré ahí cuando me necesites, apoyándote. Aunque no me veas, aunque no sepas que estoy en el mismo lugar que tú.
— ¿Sabes? La otra vez dijiste que me encontraste sin buscarme. Creo que no fue así, creo que fue al revés... Que yo te encontré a ti.
— Ambos nos encontramos. Ambos no sabíamos qué pasaría después.
— Y es así como esto terminaría...
— Yéndome.
— ¿No me pedirás que me quede junto a ti hasta que despiertes?
— Si te lo pido, despertaré enseguida.
— Ésta es la última vez que podremos estar juntos. Hay que disfrutar de este tiempo, del poco que nos queda.
— ¿Como aquella vez?
— Como aquella vez.
— Me encantas.
— Ven, abrázame.
...
— Oye.
— ¿Sí?
— Nos extraño.
— Yo... Yo también nos extraño, mi soñador.
— Falta poco para que despierte, ¿cierto?
— Cierto, ya estás por abrir los ojos.
...
...
...
— Chispas.
29 nov 2012
20 nov 2012
Recuerdo.
No sé, no sabía y no sabré.
No sabía en qué pensar cuando estabas arriba de mí, gimiendo.
No sabía cómo tratarte, porque te sentías tan delicada entre mis brazos que lo único que quería era sentirte.
No sabía qué se lograba escuchar mejor, si el sonido de los resortes oxidados de aquella cama tan chillona o nuestros jadeos; jadeos que expulsaban miles de sentimientos.
No sabía si besar tu cuello, morder tus labios, lamer tu cuerpo, probar una vez más tu boquita sabor miel.
No sabía si limpiarme el sudor de la frente o subir mis manos a tu espalda y hundir mi cara en tus senos.
No sabía que eras perfecta. Que tenías la sonrisa más hermosa del mundo. Que tenías a la luna dibujada en los ojos.
No sabía que eras tú, que era yo, que éramos nosotros.
No sabía que esa noche sería la última en la que te vería.
No sabía y no sabré.
Pero, al final, llegué a comprender algo que no todos comprenden.
Supe que en ese momento terminaba mi vida.
Porque ya no vivo en el presente, sino en el recuerdo.
No sabía en qué pensar cuando estabas arriba de mí, gimiendo.
No sabía cómo tratarte, porque te sentías tan delicada entre mis brazos que lo único que quería era sentirte.
No sabía qué se lograba escuchar mejor, si el sonido de los resortes oxidados de aquella cama tan chillona o nuestros jadeos; jadeos que expulsaban miles de sentimientos.
No sabía si besar tu cuello, morder tus labios, lamer tu cuerpo, probar una vez más tu boquita sabor miel.
No sabía si limpiarme el sudor de la frente o subir mis manos a tu espalda y hundir mi cara en tus senos.
No sabía que eras perfecta. Que tenías la sonrisa más hermosa del mundo. Que tenías a la luna dibujada en los ojos.
No sabía que eras tú, que era yo, que éramos nosotros.
No sabía que esa noche sería la última en la que te vería.
No sabía y no sabré.
Pero, al final, llegué a comprender algo que no todos comprenden.
Supe que en ese momento terminaba mi vida.
Porque ya no vivo en el presente, sino en el recuerdo.
9 nov 2012
Inestable.
Enseñarte mis escritos es desnudarme ante ti.
Quizá me conozcas.
Quizá seamos amigos desde hace mucho tiempo.
Y al verme sin ropa te darás cuenta de los defectos que tengo y nunca habías notado en mí.
Podrías ver que el muchacho sonriente que observas pasar por la calle es sólo otro personaje principal de mi mundo.
Porque aquí, desnudo, no soy el mismo.
Aquí, soy yo.
Enseñarte mis escritos es desnudarme ante ti.
Quizá no tienes idea de quién soy.
Quizá no entiendas cómo carajo llegaste hasta aquí.
Y me estás viendo desvestido.
¿Cómo sé que tus intenciones no son malas?
¿Cómo sé que no plagiarás mis textos?
¿Cómo sé que no me harás tuyo por la fuerza, te burlarás y le presumirás al planeta que me diste por atrás?
Enseñarte mis escritos es desnudarme ante ti.
Porque, conociéndome o sin conocerme, me estás viendo como soy, sin ninguna vestimenta.
Corriendo el riesgo de desilusionarte, de haber esperado más de mí.
O darte el gusto de caerte un poquito mejor, de aceptar a este despojado tal y como es.
Enseñarte mis escritos, es desnudarme ante ti.
Quizá me conozcas.
Quizá seamos amigos desde hace mucho tiempo.
Y al verme sin ropa te darás cuenta de los defectos que tengo y nunca habías notado en mí.
Podrías ver que el muchacho sonriente que observas pasar por la calle es sólo otro personaje principal de mi mundo.
Porque aquí, desnudo, no soy el mismo.
Aquí, soy yo.
Enseñarte mis escritos es desnudarme ante ti.
Quizá no tienes idea de quién soy.
Quizá no entiendas cómo carajo llegaste hasta aquí.
Y me estás viendo desvestido.
¿Cómo sé que tus intenciones no son malas?
¿Cómo sé que no plagiarás mis textos?
¿Cómo sé que no me harás tuyo por la fuerza, te burlarás y le presumirás al planeta que me diste por atrás?
Enseñarte mis escritos es desnudarme ante ti.
Porque, conociéndome o sin conocerme, me estás viendo como soy, sin ninguna vestimenta.
Corriendo el riesgo de desilusionarte, de haber esperado más de mí.
O darte el gusto de caerte un poquito mejor, de aceptar a este despojado tal y como es.
Enseñarte mis escritos, es desnudarme ante ti.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)