Creador de falsas ilusiones y esperanzas secas. Muchos veían en él un héroe, pocos veíamos un farsante. Cumplía todo lo que le pedías a cambio de nada. Mujeres, casas, amor, autos, riquezas, lujos y demás. Pero sólo te ayudaría si en verdad tenías un buen corazón. La gente lo llamaba Señor Click, los que no creíamos en él, Oz, ya te imaginarás por qué. Para encontrarlo, bastaba con esperar a las tres de la mañana en cualquier parte de la ciudad con una lámpara de mano y un radio, el lugar debía de ser oscuro y al terminar de sintonizar al aire la estación de tu preferencia, debías apagar y prender la luz de tu pequeña amiga mientras la distorsión del aparato se escuchaba. Según los rumores, Oz tenía una excelente percepción del sonido y gracias a esto, escucharía con facilidad los clicks de tu lámpara. Si corrías con suerte, llegaría al poco tiempo contigo y empezarían a charlar, los que lo vivieron, comentan que Oz hablaba de cualquier cosa, como si fuese una persona, muchos creían que lo era. Mediante sus pláticas, él sabría (o deduciría) qué tan buena gente pedía su llegada y; si en verdad eras noble y puro, cumpliría uno solo de tus caprichos.
Quizá pienses que era bueno, pero te equivocas, siempre fue el ser más despiadado y cruel sin que nadie lo supiera. Cuando los humildes obtenían lo que pedían, olvidaban su bondad y se convertían en personas envidiosas, consumidos por la avaricia y una absurda idea de tenerlo todo con unos cuantos clicks. Muchos lo volvían a llamar pero él ya no les cedía su petición, pues ahora eran gente burda y egoísta, personas que ya no pensaban en nadie más, mas que en ellas mismas, haciéndolos caer en desesperación, loquera, un estrés estúpido al saber que ya no tendrían sus sueños a la mano. La gran mayoría buscaba venganza, seguir actuando mal, otros preferían una respuesta más fácil y acababan con su vida. Eran pocos los que regresaban a ser los mismos. Aún así, aunque la gente conociera las consecuencias, seguían llamándolo y él seguía acudiendo, "yo no caeré en su truco", prometían todos y cumplía nadie.
Decidí ignorarlo hasta saber que una de mis más grandes amigas lo había invocado. La pobre, que desde que la conocí buscaba alguien para amar, pidió al hombre que querría a su lado por siempre. Y llegó, no era yo, por supuesto, y eso de cierta manera me entristeció, siempre creí que mi vida terminaría a su lado, tomados de la mano. Llegó pero no para quedarse, ella lo amó, sin duda alguna, pero él a ella no. La mujer sólo había pedido amar, olvidando la parte más importante, ser amada. Y sí, desde ese momento, aunque aquél hombre era otra falsa promesa del "grande, misterioso y poderoso" Oz, ella ya nunca quiso estar con nadie más, buscándolo, creyendo que regresaría. Pensó en esperarlo en otro mundo, yéndose de éste, dijo que cuando él volviera y supiera que ya no estaba más aquí, también se iría para estar juntos, de nuevo, en el limbo. Se pegó un tiro. Fue una extraordinaria patada de la vida para mí, era la única que en verdad me importaba. Quería su regreso, quería volverla a tener y decirle las cosas que nunca le pude decir, hacer que olvidara su falsa ilusión y amarla más que antes, declararle mi amor. ¿Y si se lo pedía a Oz? ¿Y si el fantástico hombre cumpliera lo que tanto anhelaba? Era increíble, totalmente ilógico a la vida del ser humano. Sin embargo, la quería de vuelta. Estaba decidido a llamarlo.
Los rumores no tardaron en llegar, la gente empezaba a conocer mi historia y quería ver el acontecimiento con sus propios ojos, saber si el mágico Sr. Click cumpliría mi petición. La hora indicada se aproximaba, el lugar que elegí, totalmente oscuro, estaba repleto de chismosos, bondadosos y malvados. Mi canal de radio terminó y la estática comenzó a escucharse por todo el lugar. Los clicks empezaron, no era el único en prender y apagar la lámpara, muchos de los espectadores también llevaban la suya para ayudarme. Todas dejaron de servir, rompiéndose de manera sorpresiva, todas excepto la mía. Oz había llegado. Apuntaba hacia él la luz de mi artilugio, logré contemplarlo. Bajaba de los cielos con una enorme capa negra, ésta le cubría todo el cuerpo y parte de la cara, la luna se asomaba para hacerlo ver imponente, oh poderoso y sabio Señor Click. Todos callaban.
–¿Has visto la luna ya? Está más hermosa que nunca.
La gente comenzó a reír, no se formó una carcajada en conjunto, sin embargo, las pequeñas risas se percibían. Oz volteaba a observarlos.
–Bueno, también veo que has traído amigos.
–Ellos no son mis amigos, tú me quitaste a la única que lo era.
–¿Yo? Creo que estás en un error, si alguien me pidiera terminar con la vida de otra persona, jamás lo cumpliría.
–No me equivoco, uno de tus deseos fue la causa de su muerte.
–Es imposible, muchacho, tampoco cumpliría una petición de suicidio.
–No entiendes, ¿verdad? Ella te pidió amar.
–Recuérdamela, no es la única que lo ha pedido.
–Tiene poco que vino, de hecho, estamos en el mismo lugar en el que te llamó.
–Esa mujer habló de ti, dijo que eras un buen hombre. Tiene razón.
–¿Lo dijo?
–Cuando cumplí su deseo, ella pensó que llegarías tú en vez del ser que creé.
–¿Por qué le hiciste eso?
–Seguí su petición tal cual la dijo, ella me pidió amar, mas no...
–Ser amada.
–Qué listo.
–¿No pensaste en las consecuencias? ¿No imaginaste lo que llegaría a suceder cuando tu creación se marchara?
–Ese ya no es mi trabajo, muchacho.
–Jamás piensas en eso, ¿cierto? A ti sólo te importa cumplir.
–Tienes un corazón enorme pero cuidado, que empiezo a dudar de ti.
–¿Ahora sí dudas? No deberías de dudar en si la gente es buena o mala, deberías de dudar en si tus deseos dañarán o no a la persona. ¿Es que no piensas en ellos? Somos humanos y todos metemos la pata, ¿no crees que es hora de arreglarlo?
–No.
–¡Carajo! ¿Por qué no?
–Porque yo no soy humano.
Un silencio absoluto se adueñó del ambiente, había gente que en verdad pensaba que lo era. Mi petición ahora se encontraba muy lejos de ser cumplida, pero las respuestas comenzaron a llegar.
–Entonces, ¿por qué vienes cada que te piden algo?
–Porque alguna vez lo fui. Y no quiero que terminen en lo que yo terminé.
–¿De qué hablas?
–Los genios hemos existido desde fechas inmemorables, pero sólo puede haber uno en el universo, teniendo un antecesor y esperando un sucesor. El anterior a mí fue el peor de todos, no tenías que encontrarlo, él te encontraba a ti. Daba igual si fueras bueno o malo, él cumpliría cualquier palabra. Pidiendo asesinatos, catástrofes, extinciones, trampas. Quise acabar con él, esperaba con ansias su llegada y cuando había perdido la esperanza, llegó. Pedí su muerte. Convirtiéndome yo, en el nuevo, jurando, en mis últimos momentos de ser humano, ayudar sólo a los que en verdad lo necesitaran.
Su historia fue contada sin ningún sentimiento, como si la hubiera inventado o leído de algún papel viejo. Era verídico, pero no se notaba ninguna señal de arrepentimiento en él.
–No haces más que empeorar las cosas.
–Muchacho, mi trabajo es cumplir a los buenos, no pensar en sus consecuencias.
–Es increíble.
–No cedas a la tristeza, joven, piensa en que ahora estoy aquí para cumplirte un sólo deseo.
Los murmullos empezaron a invadir la escena, todos sabían lo que pronto sucedería, conocían mis intenciones y mi deseo, estaban ahí para verlo cumplir. No lo harían. Comprendí todo.
–Deseo que tengas sentimientos. Deseo que vuelvas a ser humano. Deseo que tengas un corazón, Señor Click.
La gente empezó a abuchear, a gritar majaderías, a provocar desorden. Oz me miró, asustado, empezaron a caer truenos alrededor de toda la zona, el genio ascendía a los cielos pero no parecía ser él quien lo hacía, alguien lo llevaba, alguien más poderoso que él. Comenzó a gritar, parecía alegría, a la vez ira y a su vez dolor. Sus gritos eran extraordinariamente fuertes, podían aturdir a cualquiera pero no a mí, que veía la escena totalmente asombrado. Se veía debilitado, poco a poco volvía a bajar pero no al grado de pisar el suelo, su cuerpo se levantó como si en verdad estuviera en el piso y se quedó ahí, estático por un momento. Su expresión era extraña, ¿sonreía? Sus ojos se fijaron en mí y pude ver cómo caía una lágrima de ellos. Mi petición se había cumplido.
–Gracias.
La gravedad volvió a hacer uso de la razón y Oz cayó en picada. Todos se asomaron a verlo. Su capa ya no estaba, ni siquiera se veía el ser poderoso e imponente que todos admiraban. En el suelo, tirado, se encontraba un muchacho aún más joven que yo, casi un niño. De tez blanca y cabello rubio, estaba inconsciente. Me quedé impactado y seguramente no fui el único. Los truenos regresaron pero ahora caían más agresivos y grotescos, temí por el muchacho que alguna vez fue el Sr. Click y corrí para tratar de protegerlo, pero alguien me alejó de él. Creí que era una persona que prefería no me acercara al antiguo Oz, pero no era así, estaba flotando en el aire. Algo poderoso e invisible me sostenía en lo más alto del mundo para ser el siguiente. Los rayos comenzaban a caer cada vez más cerca de mí. Escuchaba voces, susurros, gemidos, gritos de todos los genios que habían pasado por lo mismo, inclusive al Señor Click y su predecesor. Uno de los truenos me alcanzó, la gente dice que me desintegré por completo. Ahora yo soy el sucesor. Y aquí estoy, contando mi historia a un absurdo humano que encontró la manera de hallarme y de hacerme cumplir uno de sus estúpidos caprichos. Así que, cuéntame, muchacho. ¿Cuál es tu deseo?
27 abr 2013
17 abr 2013
Días de lava.
Después de estar sentado por más de media hora en la sala de profesores de la Academia Preparatoria N. J., el esplendoroso sonido del timbre, que indica el inicio de las clases, comienza a sonar. Adam Affleck, profesor desde tiempos remotos, está listo para volver a dar una clase de su especialidad, las ciencias sociales. ¿Qué cosas sucedieron para que Adam dejara de impartir su trabajo en las aulas? La guerra, sinónimo de destrucción, caos, vidas perdidas y peleas violentas que podrían haberse arreglado de manera pacífica. El profesor necesitó de tiempo para volver a sentirse seguro de sí mismo, tratar de evadir ese estado de shock que se encontrará ahí por el resto de su vida. Tan sólo el simple hecho de caminar ya es difícil para él, volver a sentir un suelo liso, sin ninguna imperfección, es olvidar los montones de tierra, lodo, arena y demás que pisó en esos tiempos de balas. Adam quiere dejar de pensar en todo lo sucedido, sin embargo le es imposible, después de ya seis años de la sucesión de este acontecimiento, todo le sigue recordando a Corea, a esos días de sangre, a esos días donde sentía el infierno por dentro, donde se sentía la persona más asquerosa de este mundo, asesinando guerreros que no tenían por qué estar ahí, días donde lo único que lo motivaba a seguir era el regreso a su hogar, a los brazos de su esposa en tierras americanas. Adam ya se encuentra dentro del salón 303 escribiendo su nombre en la pizarra. El profesor Howard ha sufrido un accidente en casa, por lo que han pedido a Adam cubrirlo. Hace tiempo que nuestro protagonista no estaba con un público de diecisiete años, esperando ser educados, sin embargo, conoce el sistema de juego para mantener una clase sin problema alguno. Después de presentarse y dar a conocer el porqué de su presencia, uno de los alumnos levanta la mano para mencionar algo.
“Disculpe, profesor, pero esperábamos con emoción al señor Howard, nos había dejado picados la clase pasada. ¿Sabrá usted lo que le pasó?”.
Adam aún entiende las emociones de las mentes jóvenes, a pesar de los años, sus pensamientos frecuentemente son muy similares. Ellos siempre estarán interesados en algo si tú, como profesor, haces que el tema se convierta en una fuente de conocimiento interesante. No todos saben hacerlo. Adam pregunta sobre lo visto la clase anterior, y recibe, inesperadamente, una sola palabra como respuesta, que desde fines de 1953, le ha resultado muy difícil de digerir. Guerra.
Corría el año de 1952 cuando Adam se transportaba en un avión militar, con destino a un país dividido en dos, un lugar en el que debía pelear para poder regresar a casa. Las noticias sobre esta guerra entre la gente no eran buenas, batallas terriblemente sangrientas le esperaban y él tenía miedo de éstas. Al llegar a una base americana hecha de improvisto, inmediatamente sintió ese ambiente muy pesado. Estaban cerca de los enemigos, planeaban atacarlos esa noche. Adam caminaba mientras observaba a los montones de soldados heridos, tratando de sanar, entre ellos se encontró con uno que lo dejó impresionado; su cara no reflejaba adultez, aún era muy joven, Adam debía de acercarse para apoyarlo.
–¿Te encuentras bien, muchacho?
–No, quiero irme a casa.
–No sabes cómo me gustaría a mí también estar allá.
–¿Quién es usted?
–Soy Adam Affleck, era profesor en Nueva Jersey.
–Ya he escuchado tu nombre antes, eres de los nuevos. Yo soy Anthony, era estudiante, en Ohio.
–Y lo seguirás siendo, ambos regresaremos. ¿Puedo ayudarte en algo?
–No, gracias, el General Morrison viene en camino. A veces se compadece de ti, aún así sigue siendo un maldito perro. Por él estoy aquí, por él perdí a mis hermanos.
El General John F. Morrison siempre fue para Adam la persona más desgraciada de ese lugar, nunca había conocido a alguien tan duro, estricto e hijo de perra como él. Claro que llegó, con morfina, el general pensaba que Anthony era caso perdido, por suerte, no fue así. Anthony pudo levantarse a pesar de la herida que tenía en su pierna derecha, al ver esto, el General le regresó el arma de fuego que él usaba, para continuar peleando.
–¿Está loco, señor?–reprochó Adam–. ¿Acaso no ve que todavía es un niño? Necesita irse de aquí, todos los heridos regresan a América, usted lo sabe.
Anthony tragó saliva, asustado. El General miró con detenimiento a Adam.
–¿Usted es su niñera? Este mequetrefe aún está en condiciones de pelea, mientras pueda caminar y sostener un arma, disparará. En cuanto a usted, señor Affleck, más vale no meterse en lo que no le incumbe, no quiero sentimentalismos en éste lugar, ¿queda entendido? Si estuviéramos en nuestra patria, lo azotaría con enorme satisfacción. Es una pena que en estos momentos haya cosas más importantes, como ganar esta guerra.
Disparos espantosos se oían a lo lejos. Morrison dio la orden de enlistarse y prepararse para el ataque. Los soldados se encontraban asustados, pero de igual manera, listos para defender su vida y su nación. Adam cargó su arma, Anthony estaba más que asustado, temblando mientras esperaba al primer caído, que no tardó mucho en llegar.
“¿Profesor? ¿Se encuentra bien?”.
El profesor Adam logra reaccionar después de escuchar esa palabra tan desastrosa. La alumna que pregunta sobre su situación, aún espera una respuesta. Él asiente. Después de un pesado recuerdo, recupera la voz y pregunta, sabiendo que a partir de ahora las cosas se pondrán más duras para él, sobre qué tema en particular se había detenido Howard la clase anterior.
“Los soldados, el profesor Howard nos decía que no todos eran llevados por su propia voluntad”.
Y era cierto. Cuando Adam creía que la guerra no terminaría nunca, cuando la cantidad de días peleando en Corea del Norte aumentaba cada vez más, en ese entonces, el joven profesor, aún miraba con esperanzas la foto de su amada, Aline. El trayecto de la camioneta de guerra que los transportaría a su próximo destino tardaría en ser recorrido, por lo que los soldados tenían un buen momento para descansar. Adam no lo hacía, escribía a Aline para hacerle saber que se encontraba vivo. En el auto, sentado junto a él, despertaba Pete McCurdy, soldado que con el paso del tiempo, en esos días de muerte, se convirtió en su mejor amigo.
–¿Le escribes a ella? –preguntó Pete.
–En efecto, no sabes cuánto la extraño.
–No lo imagino, nunca fui bueno en esto del amor.
–Algún día lo encontrarás, Pete, éste llega cuando menos lo esperas, cuando dejas de buscarlo.
Pete sonríe, por razones como esa siempre agradeció tenerlo como amigo, había veces en que los compañeros de guerra, ya hermanos en ese momento de Adam, acudían con él para recibir mensajes de esperanza, sentir la seguridad de saber que, pronto, regresarían a su hogar. Al General Morrison nunca le agradó esto del todo, siempre buscó alejar al novato Anthony de él, mas nunca lo logró, Anthony Shmarek también comenzó a ver a Adam como un buen amigo, un hombro en quien confiar.
–Ojalá lo que me digas sea cierto, Affleck.
–Es más verídico que las palabras de Morrison.
–Y, bueno, ¿cómo es ella?
–Es increíble, estar juntos es lo más acercado a estar en el cielo. Tan sólo recordarla, verla en mis pensamientos, me provoca ganas de seguir, de buscar fuerza.
–¿Por qué te ofreciste a luchar en esta guerra? ¿No pensaste en que quizá no regresarías?
–Yo nunca me ofrecí, el gobierno me obligó a hacerlo. Me quitarían la plaza de profesor si no lo hacía, traté de negarme, pero podría ser visto de diferente manera por las demás personas, dañarían mi integridad y la de Aline. Yo nunca quise alejarme de ella, tan sólo verla llorar al saber que me iba, me partió en dos. Teníamos boletos para el estreno de la película "Singin' in the Rain". Era justo el día en el que dejé América. Justo el día en el que me dio esta foto y dijo “siempre estaré contigo”. Por eso, te puedo asegurar en este momento que, es ella el amor de mi vida y la amo, la amo con todo mi corazón. Y voy a regresar, debo regresar con ella.
El sonido del timbre que marca el receso, es escuchado por todo el salón de clases. El profesor Affleck pierde la noción del tiempo reviviendo los recuerdos que le traen tan sólo, pequeñas frases de sus alumnos. La mayoría de ellos, sale del aula. Muy pocos se quedan ahí a descansar. Una de las estudiantes se acerca a Adam para tratar de conversar con él.
“Te pareces mucho a mi esposa”.
La alumna se sorprende un poco, pero su expresión cambia a una mirada confusa. De su bolso de mano, saca un folder con una imagen dentro y se lo entrega a Adam.
"Había traído esta pintura para el profesor Howard, hace alusión a lo que habíamos hablado la clase pasada. Él es un gran amante de las pinturas de Picasso, quizá también le podría interesar a usted”.
Adam sonríe. Es muy reconfortante para él saber que hay alumnos que se interesan en lo que un profesor enseña, haciendo que ellos busquen, por su propia cuenta, más información. Pero cuando abre el folder para observar el cuadro, su sonrisa cambia a una mueca totalmente diferente. Reconoce la pintura perfectamente. Él estuvo ahí.
Los americanos se encontraban en plena matanza, despedazando al enemigo a más no poder. Adam trataba de disparar lo menos posible, no soportaba la idea de asesinar a otro hombre, no quería ser el responsable de quitar una vida. El General Morrison, en cambio, nunca se apiadaba de aquellos enemigos caídos que aún tenían la oportunidad de vivir, él les pegaba un tiro en la cien a todos por igual, inclusive a uno de los sacerdotes norcoreanos, que se hallaba ahí, ayudando a quien fuera; es él quien fue hacia el general y entregó a uno de los soldados que estaban presos en la zona, Mike Dowe. Adam contemplaba la escena. Después de que Morrison tomó a Dowe, éste disparó al religioso, matándolo, a pesar de su apoyo. Adam rompió en furia, en llanto, en enojo, no creía lo que había visto, la traición a sangre fría que su general realizó. Los norcoreanos notan su derrota, empiezan a bajar las armas y alzan las manos, pidiendo una tregua.
–¡General! –gritó Pete, desesperado–. ¡Se han rendido!
–¡Arrincónenlos!
Adam temía por lo que pronto sucedería, pero no puede hacer nada, debe seguir las ordenes de su líder. Anthony, aunque sabe que ya no está en peligro, seguía temblando. Los soldados americanos arrinconaron a todos los supervivientes enemigos, pero Morrison también tomó a los civiles inocentes y los aventó a esa pared, junto con los norcoreanos. Aquel general los miraba con odio, con desprecio, y ninguna de sus tropas supo alguna vez por qué.
–Elimínenlos.
–¡Pero señor!–lloró Adam, sumamente asustado–. ¡Han pedido una tregua!
–¿Quieres morir con ellos?
–¡Es injusto! ¡Debemos de tomarlos presos!
–¡Elimínenlos o yo me encargaré de eliminarlos a ustedes!
Adam miró a sus amigos. Todos apuntaban, espantados, a los sobrevivientes. Él hizo lo mismo. Morrison dio por última vez la orden. Anthony gritó de dolor, dolor sentimental, cerró los ojos y fue el primero en disparar, todos los demás, lo siguieron. Por supuesto reconoce la pintura, cualquier hombre que estuvo con él en ese momento la reconocería. “Masacre en Corea”.
El profesor Adam recuerda con un dolor totalmente distinto a todos sus demás pesares, sus últimos días de guerra, estos los recuerda con una tortura más profunda. Iniciando en el pequeño funeral heroico hacia Anthony, asesinado en combate. Adam miraba sin reacción alguna la horrible tumba de su joven amigo, se sentía una escoria, muerto por dentro. Los disparos enemigos no tardaron en llegar a la fogata, balas que terminaron con la vida de Pete en tan sólo tres segundos. Adam comenzó a disparar, a matar. Queriendo vengar a sus amigos sin poderlo. Únicamente por ese momento, Adam comprendió toda la ira de Morrison. Su general fue herido de gravedad por uno de los soldados norcoreanos, Mike Dowe lo levantó, dirigiéndose a su base militar, donde serían auxiliados. Adam se quedó ahí, deseaba morirse, lo único que obtuvo fueron disparos en el muslo y los hombros, con un impacto tan doloroso, que cayó, herido. Dos días después, fue llevado al avión militar de rescate para enviarlo de nuevo a casa. Los días de agonía terminaban, o al menos, eso creía.
El timbre suena de nuevo, finalizando con el descanso. El profesor Adam Affleck ya no lo soporta más. Huye en melancolía de ese salón, tirando la pintura de Picasso, dejando a esa alumna en espera de una respuesta. La mujer rompe en llanto. Otro de los alumnos, Robert Unival, se acerca a ella para consolarla.
–Señora Affleck, por favor, tranquilícese.
–¡Es que no lo comprendo! ¡Sigo sin entenderlo!
–Señora, debe saber que…
–¿Por qué, Doctor Unival? ¿Por qué mi marido sigue creyendo que todavía es un profesor? ¿Por qué no puede olvidar la guerra?
–Los hombres que logran salir de ella no pueden vivir más en su vieja realidad. Las vidas arrebatadas, el sonido de las armas, de las granadas, los gritos de dolor y sufrimiento que ven allá forman traumas que los marcarán por siempre, enfermedades mentales, esquizofrenia, loquera. Disculpe, en verdad, señora, pero esta psiquiatría está haciendo lo posible para hacerlo volver en sí.
Aline Affleck limpia el maquillaje que corre en su cara debido a su llanto. Mientras lo hace, observa la pintura que yace ahí, en el suelo. Cada vez, nota más distante la posibilidad de recuperar al buen hombre, excelente esposo y extraordinario profesor que era Adam. Cada vez es más difícil el hacerle olvidar sus días de guerra. Días de caos, de muerte, de miedo, de ira. De lava.
“Disculpe, profesor, pero esperábamos con emoción al señor Howard, nos había dejado picados la clase pasada. ¿Sabrá usted lo que le pasó?”.
Adam aún entiende las emociones de las mentes jóvenes, a pesar de los años, sus pensamientos frecuentemente son muy similares. Ellos siempre estarán interesados en algo si tú, como profesor, haces que el tema se convierta en una fuente de conocimiento interesante. No todos saben hacerlo. Adam pregunta sobre lo visto la clase anterior, y recibe, inesperadamente, una sola palabra como respuesta, que desde fines de 1953, le ha resultado muy difícil de digerir. Guerra.
Corría el año de 1952 cuando Adam se transportaba en un avión militar, con destino a un país dividido en dos, un lugar en el que debía pelear para poder regresar a casa. Las noticias sobre esta guerra entre la gente no eran buenas, batallas terriblemente sangrientas le esperaban y él tenía miedo de éstas. Al llegar a una base americana hecha de improvisto, inmediatamente sintió ese ambiente muy pesado. Estaban cerca de los enemigos, planeaban atacarlos esa noche. Adam caminaba mientras observaba a los montones de soldados heridos, tratando de sanar, entre ellos se encontró con uno que lo dejó impresionado; su cara no reflejaba adultez, aún era muy joven, Adam debía de acercarse para apoyarlo.
–¿Te encuentras bien, muchacho?
–No, quiero irme a casa.
–No sabes cómo me gustaría a mí también estar allá.
–¿Quién es usted?
–Soy Adam Affleck, era profesor en Nueva Jersey.
–Ya he escuchado tu nombre antes, eres de los nuevos. Yo soy Anthony, era estudiante, en Ohio.
–Y lo seguirás siendo, ambos regresaremos. ¿Puedo ayudarte en algo?
–No, gracias, el General Morrison viene en camino. A veces se compadece de ti, aún así sigue siendo un maldito perro. Por él estoy aquí, por él perdí a mis hermanos.
El General John F. Morrison siempre fue para Adam la persona más desgraciada de ese lugar, nunca había conocido a alguien tan duro, estricto e hijo de perra como él. Claro que llegó, con morfina, el general pensaba que Anthony era caso perdido, por suerte, no fue así. Anthony pudo levantarse a pesar de la herida que tenía en su pierna derecha, al ver esto, el General le regresó el arma de fuego que él usaba, para continuar peleando.
–¿Está loco, señor?–reprochó Adam–. ¿Acaso no ve que todavía es un niño? Necesita irse de aquí, todos los heridos regresan a América, usted lo sabe.
Anthony tragó saliva, asustado. El General miró con detenimiento a Adam.
–¿Usted es su niñera? Este mequetrefe aún está en condiciones de pelea, mientras pueda caminar y sostener un arma, disparará. En cuanto a usted, señor Affleck, más vale no meterse en lo que no le incumbe, no quiero sentimentalismos en éste lugar, ¿queda entendido? Si estuviéramos en nuestra patria, lo azotaría con enorme satisfacción. Es una pena que en estos momentos haya cosas más importantes, como ganar esta guerra.
Disparos espantosos se oían a lo lejos. Morrison dio la orden de enlistarse y prepararse para el ataque. Los soldados se encontraban asustados, pero de igual manera, listos para defender su vida y su nación. Adam cargó su arma, Anthony estaba más que asustado, temblando mientras esperaba al primer caído, que no tardó mucho en llegar.
“¿Profesor? ¿Se encuentra bien?”.
El profesor Adam logra reaccionar después de escuchar esa palabra tan desastrosa. La alumna que pregunta sobre su situación, aún espera una respuesta. Él asiente. Después de un pesado recuerdo, recupera la voz y pregunta, sabiendo que a partir de ahora las cosas se pondrán más duras para él, sobre qué tema en particular se había detenido Howard la clase anterior.
“Los soldados, el profesor Howard nos decía que no todos eran llevados por su propia voluntad”.
Y era cierto. Cuando Adam creía que la guerra no terminaría nunca, cuando la cantidad de días peleando en Corea del Norte aumentaba cada vez más, en ese entonces, el joven profesor, aún miraba con esperanzas la foto de su amada, Aline. El trayecto de la camioneta de guerra que los transportaría a su próximo destino tardaría en ser recorrido, por lo que los soldados tenían un buen momento para descansar. Adam no lo hacía, escribía a Aline para hacerle saber que se encontraba vivo. En el auto, sentado junto a él, despertaba Pete McCurdy, soldado que con el paso del tiempo, en esos días de muerte, se convirtió en su mejor amigo.
–¿Le escribes a ella? –preguntó Pete.
–En efecto, no sabes cuánto la extraño.
–No lo imagino, nunca fui bueno en esto del amor.
–Algún día lo encontrarás, Pete, éste llega cuando menos lo esperas, cuando dejas de buscarlo.
Pete sonríe, por razones como esa siempre agradeció tenerlo como amigo, había veces en que los compañeros de guerra, ya hermanos en ese momento de Adam, acudían con él para recibir mensajes de esperanza, sentir la seguridad de saber que, pronto, regresarían a su hogar. Al General Morrison nunca le agradó esto del todo, siempre buscó alejar al novato Anthony de él, mas nunca lo logró, Anthony Shmarek también comenzó a ver a Adam como un buen amigo, un hombro en quien confiar.
–Ojalá lo que me digas sea cierto, Affleck.
–Es más verídico que las palabras de Morrison.
–Y, bueno, ¿cómo es ella?
–Es increíble, estar juntos es lo más acercado a estar en el cielo. Tan sólo recordarla, verla en mis pensamientos, me provoca ganas de seguir, de buscar fuerza.
–¿Por qué te ofreciste a luchar en esta guerra? ¿No pensaste en que quizá no regresarías?
–Yo nunca me ofrecí, el gobierno me obligó a hacerlo. Me quitarían la plaza de profesor si no lo hacía, traté de negarme, pero podría ser visto de diferente manera por las demás personas, dañarían mi integridad y la de Aline. Yo nunca quise alejarme de ella, tan sólo verla llorar al saber que me iba, me partió en dos. Teníamos boletos para el estreno de la película "Singin' in the Rain". Era justo el día en el que dejé América. Justo el día en el que me dio esta foto y dijo “siempre estaré contigo”. Por eso, te puedo asegurar en este momento que, es ella el amor de mi vida y la amo, la amo con todo mi corazón. Y voy a regresar, debo regresar con ella.
El sonido del timbre que marca el receso, es escuchado por todo el salón de clases. El profesor Affleck pierde la noción del tiempo reviviendo los recuerdos que le traen tan sólo, pequeñas frases de sus alumnos. La mayoría de ellos, sale del aula. Muy pocos se quedan ahí a descansar. Una de las estudiantes se acerca a Adam para tratar de conversar con él.
“Te pareces mucho a mi esposa”.
La alumna se sorprende un poco, pero su expresión cambia a una mirada confusa. De su bolso de mano, saca un folder con una imagen dentro y se lo entrega a Adam.
"Había traído esta pintura para el profesor Howard, hace alusión a lo que habíamos hablado la clase pasada. Él es un gran amante de las pinturas de Picasso, quizá también le podría interesar a usted”.
Adam sonríe. Es muy reconfortante para él saber que hay alumnos que se interesan en lo que un profesor enseña, haciendo que ellos busquen, por su propia cuenta, más información. Pero cuando abre el folder para observar el cuadro, su sonrisa cambia a una mueca totalmente diferente. Reconoce la pintura perfectamente. Él estuvo ahí.
Los americanos se encontraban en plena matanza, despedazando al enemigo a más no poder. Adam trataba de disparar lo menos posible, no soportaba la idea de asesinar a otro hombre, no quería ser el responsable de quitar una vida. El General Morrison, en cambio, nunca se apiadaba de aquellos enemigos caídos que aún tenían la oportunidad de vivir, él les pegaba un tiro en la cien a todos por igual, inclusive a uno de los sacerdotes norcoreanos, que se hallaba ahí, ayudando a quien fuera; es él quien fue hacia el general y entregó a uno de los soldados que estaban presos en la zona, Mike Dowe. Adam contemplaba la escena. Después de que Morrison tomó a Dowe, éste disparó al religioso, matándolo, a pesar de su apoyo. Adam rompió en furia, en llanto, en enojo, no creía lo que había visto, la traición a sangre fría que su general realizó. Los norcoreanos notan su derrota, empiezan a bajar las armas y alzan las manos, pidiendo una tregua.
–¡General! –gritó Pete, desesperado–. ¡Se han rendido!
–¡Arrincónenlos!
Adam temía por lo que pronto sucedería, pero no puede hacer nada, debe seguir las ordenes de su líder. Anthony, aunque sabe que ya no está en peligro, seguía temblando. Los soldados americanos arrinconaron a todos los supervivientes enemigos, pero Morrison también tomó a los civiles inocentes y los aventó a esa pared, junto con los norcoreanos. Aquel general los miraba con odio, con desprecio, y ninguna de sus tropas supo alguna vez por qué.
–Elimínenlos.
–¡Pero señor!–lloró Adam, sumamente asustado–. ¡Han pedido una tregua!
–¿Quieres morir con ellos?
–¡Es injusto! ¡Debemos de tomarlos presos!
–¡Elimínenlos o yo me encargaré de eliminarlos a ustedes!
Adam miró a sus amigos. Todos apuntaban, espantados, a los sobrevivientes. Él hizo lo mismo. Morrison dio por última vez la orden. Anthony gritó de dolor, dolor sentimental, cerró los ojos y fue el primero en disparar, todos los demás, lo siguieron. Por supuesto reconoce la pintura, cualquier hombre que estuvo con él en ese momento la reconocería. “Masacre en Corea”.
El profesor Adam recuerda con un dolor totalmente distinto a todos sus demás pesares, sus últimos días de guerra, estos los recuerda con una tortura más profunda. Iniciando en el pequeño funeral heroico hacia Anthony, asesinado en combate. Adam miraba sin reacción alguna la horrible tumba de su joven amigo, se sentía una escoria, muerto por dentro. Los disparos enemigos no tardaron en llegar a la fogata, balas que terminaron con la vida de Pete en tan sólo tres segundos. Adam comenzó a disparar, a matar. Queriendo vengar a sus amigos sin poderlo. Únicamente por ese momento, Adam comprendió toda la ira de Morrison. Su general fue herido de gravedad por uno de los soldados norcoreanos, Mike Dowe lo levantó, dirigiéndose a su base militar, donde serían auxiliados. Adam se quedó ahí, deseaba morirse, lo único que obtuvo fueron disparos en el muslo y los hombros, con un impacto tan doloroso, que cayó, herido. Dos días después, fue llevado al avión militar de rescate para enviarlo de nuevo a casa. Los días de agonía terminaban, o al menos, eso creía.
El timbre suena de nuevo, finalizando con el descanso. El profesor Adam Affleck ya no lo soporta más. Huye en melancolía de ese salón, tirando la pintura de Picasso, dejando a esa alumna en espera de una respuesta. La mujer rompe en llanto. Otro de los alumnos, Robert Unival, se acerca a ella para consolarla.
–Señora Affleck, por favor, tranquilícese.
–¡Es que no lo comprendo! ¡Sigo sin entenderlo!
–Señora, debe saber que…
–¿Por qué, Doctor Unival? ¿Por qué mi marido sigue creyendo que todavía es un profesor? ¿Por qué no puede olvidar la guerra?
–Los hombres que logran salir de ella no pueden vivir más en su vieja realidad. Las vidas arrebatadas, el sonido de las armas, de las granadas, los gritos de dolor y sufrimiento que ven allá forman traumas que los marcarán por siempre, enfermedades mentales, esquizofrenia, loquera. Disculpe, en verdad, señora, pero esta psiquiatría está haciendo lo posible para hacerlo volver en sí.
Aline Affleck limpia el maquillaje que corre en su cara debido a su llanto. Mientras lo hace, observa la pintura que yace ahí, en el suelo. Cada vez, nota más distante la posibilidad de recuperar al buen hombre, excelente esposo y extraordinario profesor que era Adam. Cada vez es más difícil el hacerle olvidar sus días de guerra. Días de caos, de muerte, de miedo, de ira. De lava.
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