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4 ago 2013

Lada.

Espero treinta segundos, tomo mi teléfono y busco la localización del suyo. Aún no está activado. Temo porque Sofía no pueda llegar a encontrar la función y caiga en manos de esos asquerosos hombres. Cierro los ojos, impaciente. Trato de no imaginarme lo peor. Miro de reojo otra vez el celular y nada. Sólo queda esperar. Son otros veinte eternos segundos los que pasan para que, por fin, pueda conocer su ubicación. Es en el centro de la ciudad, justo donde Alejandra se perdió. Tomo las llaves del auto y un poco de dinero, salgo de inmediato de mi departamento y empiezo a correr como nunca, enciendo el Attitude que hace tanto no usaba y emprendo camino hacia el apoyo que esa chica necesita de mí. Piso a fondo, sin importarme las normas de seguridad, sin importar si algún oficial intenta detenerme y sacarme algo de efectivo. En mi vida había visto tan poco tráfico y entonces aprovecho para tomar atajos que me harán llegar más rápido al lugar. El punto azul que marca la localización de Sofía está cada vez más cerca, hasta que por fin llego a él.

Cuando me doy cuenta de ello, freno de una manera exageradamente agresiva y al pararse el coche, salgo de ahí. La avenida está vacía, oscura, no hay ninguna señal de vida en ese lugar. Empiezo a caminar, tratando de buscar algo o alguien, pero el resultado siempre es el mismo, nada. Vuelvo a mirar su ubicación en mi teléfono, creyendo que quizá he visto mal, pero no es así, aquél pequeño círculo azul marca con exactitud esta zona, justo en donde yo estoy parado. Comienzo a desesperarme, trato de buscar en lo poco que hay de la calle una señal, pero nada da con una respuesta. Sigo caminando, impaciente, casi corriendo, entonces, tropiezo con lo que parece ser una alcantarilla. “¿Será posible?” pienso, “ya no hay tiempo”. Jalo de inmediato las pequeñas rejas que ésta tiene con toda mi fuerza, para poder abrirla y entrar. El olor es asqueroso, pero sin dudarlo, salto a sus adentros.


Hoy llamó. Hoy volvió a llamar. Creí que era una broma, que alguien había tomado su teléfono y seleccionado el número al azar. No fue así. ¿Era ella? ¿En verdad era ella? No reaccioné al momento. No pude evitar paralizarme al ver su nombre en mi celular. Y el aparato vibraba, y yo me quedaba ahí, leyendo una y otra vez para comprobar que no estaba equivocado. El timbre de llamada dejó de sonar. ¿Colgó? ¿Terminó el tiempo de espera? “¡Idiota!”, repetí mientras golpeaba mi cabeza contra la pared. “Esto no puede quedar así”. Desbloqueé el celular y le marqué de inmediato. Sabiendo que por mucho tiempo lo intenté sin resultado alguno, temiendo que esto volviera a suceder, comenzar de nuevo con mi sufrimiento, uno más profundo. Alguien contesta, soy el primero en hablar.

–¿Hola?
–¿Papá?
–¿Alejandra?
–No… ¡No! ¡No!

Patadas y llantos ensordecidos comenzaron a escucharse del otro lado de la línea. ¿Qué ser tan despiadado y cruel podría hacer este tipo de broma a un hombre que perdió su todo, que perdió a su hija? La sombra de aquel dolor escondido volvía a asomarse por mi mente, mis ideas aún no estaban claras, tenía que conseguir más información, saber quién era la susodicha que se encontraba en el teléfono interlocutor.

–¿Quién eres?
–¡No!
–Por favor, dime tu nombre.
–¡Ellos me mintieron! ¡Dijeron que me darían el número de papá!
–¿Quién es tu padre? ¿Quién eres tú?
–No… No…

Los lloriqueos crecían cada vez más. No era Alejandra, mi hija, eso estaba claro. Pero era alguien engañado quien llamaba con su teléfono. Un número que, seguramente ellos, los que atraparon a mi niña, los que la llevaron a un lugar que nunca conoceré, le habían entregado.

–Por la manera en la que te escucho, sé que tu situación es muy difícil, pero ambos tenemos que relajarnos.
–¿Cómo quieres que me relaje si he llevado secuestrada más de seis meses?
–Dios santo.
–Yo sólo quiero regresar a casa, volver a tener cerca los brazos de mis padres…

Su voz no era muy madura, los gritos que soltaba parecían de una adolescente, de quizá 15 o 16 años. Estaba en peligro, tenía que ayudarla, no podía permitir que le pasara lo que le pasó a mi hija, a mi Alejandra que no lo merecía, a mi mujercita, que se encontró en el lugar y la fecha menos indicados.

–¿Cómo te llamas?
–…
–¿Hola?
–¿Por…? ¿Por qué tendría que decirte mi nombre?
–Estás llamando con el número de mi hija, ella también fue secuestrada, desde ese día nunca volví a verla. Creí que eras ella. Tú sabes, la esperanza es lo último que muere…
–Ellos me dieron este teléfono.
–¿Quiénes son ellos?
–Ellos, los que me secuestraron. Dijeron que me dejarían libre, que me darían un celular para que llamara a mi papá y pidiera mi rescate. Sólo tenía que… Yo sólo...
–Ya no llores, por favor, sé que esto es muy complicado pero…
–Tenía que dejarme tocar.

Mi corazón se detuvo por un instante. Todo mi cuerpo se congeló. Esos infelices la violaron, esos desgraciados sin vergüenza hicieron con su cuerpo lo que les pegó la gana, la ultrajaron.

–Sólo… sólo eso. Tener sexo, hacer cosas horribles, asquerosas con ellos… Di… Dijeron que si lo hacía me darían el teléfono con el número de mi padre, solamente tenía que seleccionar al único contacto que apareciera en la agenda y llamar. E… Ellos… Ellos me mintieron… No… ¡No!

Tardé en responder. No sabía qué hacer, cómo reaccionar, cómo…

–¿Cómo puedo ayudarte?
–Sa… Sácame de aquí, llama a mi papá.
–No sé quién es, ni siquiera sé quién eres tú.
–Mi nombre… mi nombre es Sofía.
–Hola, Sofía. Sé que no es momento para presentarnos pero, tal vez nos pueda tranquilizar. Yo soy Nicholas.
–¿Nicholas? Qué bonito nombre.
–No es de aquí, mis padres son americanos. Nací en Estados Unidos, por eso el nombre. Pero años después, conocí a una mujer extraordinaria, ella era mexicana. Entonces decidí venirme para acá.
–¿Quién es ella? ¿Cómo se llama?
–Se llamaba Alejandra, como nuestra hija. Falleció cuando la dio a luz.
–Yo ten… tengo el teléfono de tu hija.
–Lo sé, Sofía. Por eso no contesté cuando llamaste, por eso quise marcar y saber quién estaba detrás de la otra línea. Y eres tú, que estás pasando por algo muy duro y quiero que dejes de estarlo. Dime, ¿recuerdas el número de tu padre?
–No… He estado tanto tiempo encerrada que me cuesta recordar cómo pasó todo. Al salir e…

Un golpe espantoso se escuchó desde el otro lado del teléfono. Parecía el sonido de un portazo, Sofía gritó. Por la inestabilidad que oía desde mi celular, deduje que había comenzado a correr.

–¡Nicholas! ¡Vienen por mí!

No. Ya no le podía pasar nada mucho peor a esa niña. Era tiempo de reaccionar y detener esta mierda de juego. ¿Cómo lo haría? Entre uno de los tantos recuerdos que tuve con mi hija Alejandra, recordé una de las funciones que siempre me restregaba y que siempre creía inútil de su teléfono inteligente.

–¡Sofía! ¡Escucha!
–¡Rápido! ¡Me atraparán!
–Tienes que colgarme, Sofía.
–¿Qué? ¡No! ¡Por favor ayúdame!
–Lo haré, por supuesto que lo haré, pero debes seguir mis indicaciones.

Un ruido que jamás pensaba escuchar sonó en el fondo de esa llamada. Disparos. Sofía gritaba.

–¡Cuelga! Y al hacerlo, busca en las opciones del teléfono la función “localización”. ¡Actívala y escóndete!
–¿Prometes venir por mí?
–Te lo prometo, Sofía.

Más disparos comenzaban a sonar, recé porque ninguno de ellos le diera.

–¡Cuelga! ¡Busca un escondite y quédate en él!

Y la llamada terminó.

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